Por Mercedes Ruiz Ruiz. Profesora del departamento de Teatrología y Dramaturgia de la Facultad de Artes Escénicas del Instituto Superiord e Arte de Cuba. Crítica e Investigadora.
Desde el preciso instante en que nacemos se nos trata de imponer todo tipo de ordenanzas. Parece que negar siempre será una de ellas y viene anexada a nuestro cuerpo como una tarjeta de sonido o el aire que respiramos.
Te una orden de indescifrable naturaleza que será desobedecida desde su pronunciación: “No vayas a llorar”. Es como si te pidieran lo contrario y más, cuando tus lágrimas vienen cargadas de férreos precedentes históricos o de sucesos que viviste en tu misma piel. Entonces, esas lágrimas se descargan y caen al tabloncillo que sostiene tu cuerpo como lava burbujeante.
Lejos de toda aprehensión familiar y recordando por momentos frases parecidas que llegaban desde un rincón de mi niñez, me acomodé como una observadora más a presenciar el espectáculo de Teatro Viento de Agua dirigido por Boris Villar, que se anunciaba dentro del Encuentro de Mujeres Creadoras, suceso paralelo al 23 Festival Internacional de Cádiz. Con el titulo de No vayas a llorar se presentaron en este evento que atesora más de una veintena de años y sucesos relevantes en la escena internacional.
Una investigación que parte de vivencias y estudios retomados de la propia historia sobre los sucesos del 5 de agosto de 1994 en La Habana donde ocurre un éxodo masivo hacia La Florida y las experiencias de los mexicanos cruzando la frontera de México a Estados Unidos, son las fuentes de exploración que reelaboradas artísticamente se convierten en referentes constitutivos de una unidad formal y estructural quedándose lejos de los esteriotipos ideológicos.
El espectáculo, con alto carácter auto referencial, narra la historia personal de la actriz Maribel Barrios y su familia desde su salida de La Isla hasta su reencuentro en México. A manera de homología se suman a la fábula los episodios de Antonia, quien a partir de una nota de despedida escrita por Juan, su esposo, hasta el momento en que tiene la certeza de que es uno de los balseros zozobrados, no encontrará sino angustia y desesperación; y la de una mujer de origen mejicano con rumbo semejante pero que esta vez será su hijo quien al querer saltar el muro fronterizo cae por los disparos. Es en el orden temático la partida el punto de unión conceptual de la propuesta vista como un “escape” a sus conflictos por lo que deciden tomar otro destino, aún violentando su integridad personal, destino que se prolonga en medio de la desolación y el desarraigo, resultados de una necesidad individual inexorable.
El desarrollo de los personajes en situaciones limites, la lucha contra la muerte, la necesidad de sobrevivencia, la ilusión por encontrar una salida a sus obsesiones se verán transmutados por la interprete. En el caso de Maribel todo esto se refleja con el reencuentro de su hijo, en Antonia volver a unirse a su esposo Juan, mientras que en el de la madre mexicana será reencontrarse con el hijo que intentó burlar la frontera. Las tres historias se comunican esencialmente porque apelan a necesidades comunes, la relación partida-encuentro.
Esta presentación fluctúa entre las fronteras de la puesta en escena y el performance. Es capaz de ensamblar en su estructura una fábula fragmentada que imbrica historias atemporales, auto integrándose los significados entre sí. Se produce una ligera extrañeza en el espectador cuando la actriz improvisa en el escenario 2, como así le llamo, con el personaje de Antonia un baile de guaguancó que alude a su identidad, mientras van apareciendo los muertos sobre la superficie del mar y el sonido permanece estable para generar un sentido polisémico.
En las estructuras performáticas los directores facilitan a los intérpretes improvisar sobre una pauta como ocurre en este caso con los textos cantados y bailados: “Hijo, tranquilo, no vayas a llorar. Te prometo que nuestro abismo será una pizca de sal” o “Luna, luna, resguarda del mar al fruto de mis amores”. Las melodías disonantes que producen los cantos llanos y su fusión con la lírica campesina, más la caída del tono (melisma) al final de las frases puestas en función de los textos mencionados, hacen posible la extrañeza que el sentido dramático necesita para confirmar su teatralidad.
El tiempo dramático en No vayas a llorar no se aparta del tejido espectacular que viene trazando la propuesta por lo que adquiere una resonancia acorde para este tipo de práctica. Al cambiar su tempo escénico por una justificada relentización crea en el espectador un tipo de emoción atípica del teatro convencional y es que para demostrar lo que sucede verdaderamente en alta mar: la ausencia de agua y alimentos, el desfallecimiento por la insolación, el delirio y la desorientación, es necesario inmovilizar el tiempo de la representación para lograr entre ficción y realidad un ligero traspaso.
Entre las prestaciones que se anuncian por esta propuesta del grupo Teatro Viento de Agua están su carácter confesional y el compromiso universal que delega en sus coterráneos, sin descuidar la intencionalidad artística que prevalece hasta en los signos complementarios: la proyección de videos y el diseño escenográfico. La estimable madurez artística de la actriz Maribel Barrios contribuyó contundentemente a la cimentación de este espectáculo, valorando en cada intencionalidad sus precisiones técnicas y su ilimitado repertorio corporal y vocal.
Estoy segura que No vayas a llorar de Boris Villar, afianzará sus emanaciones en nuestra memoria secular no solo por su vitalidad y su encrespada metáfora sino también por su latente llamado a la fortuna espiritual, y para entonces en algún rincón del mar habrá quien nos ofrezca dulcemente una sonrisa.
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